Recopilador Marcelo Javier Neira-Navarro
Osorno y sus lavaderos de oro
Manuel Antonio Jimenez Vargas
Artículo publicado en El Mercurio, Valparaíso, N° 10.255, 29 de octubre de 1861. El trabajo se reproduce textualmente y se mantiene la ortografía de la época.
Treinta leguas al interior de Valdivia, en un estrecho pero pintoresco valle, rodeado de bellísimas colinas, sobre un plano casi insensiblemente inclinado y que termina en la confluencia de los ríos Dámos (sic) y Rahue, hai un pueblo cuyo nombre es apenas conocido, y cuya existencia se desliza triste y melancólica como las aguas que lo bañan.
Fue un pueblo que nació en medio de los contrastes de una guerra de conquista, que tuvo una infancia deliciosa y que debió su fundación al célebre conquistador de Chile, Pedro de Valdivia. Pueblo cuya rápida prosperidad, pronto engrandecimiento y abundancia de riquezas naturales, hizo concebir a sus fundadores las mas alhagüeñas esperanzas; pero que desgraciadamente dejó bien pronto de existir bajo el impulso destructor del indómito araucano.
Largo, mui largo tiempo dejó de ser lo que fue!… (Sic) Al fin, y sobre sus ruinas, se estableció una pequeña colonia, una pobre aldea; se repobló la ciudad.
Desde ese entonces, Osorno volvió a recupera su nombre; y cual Lázaro resucitado, vino a tener nueva vida. Pero su grandeza, su prosperidad y sus esperanzas ¡triste es decirlo! Para siempre talvez quedaron sepultadas bajo los escombros de la antigua ciudad, y sabe Dios si pasará mucho tiempo antes de volver a su primitivo ser.
Y sin embargo, dudo que haya otro pueblo, al menos en Chile, que encierre mas elementos de riqueza y que ofrezca mas esperanzas para el porvenir; así como dudo también que haya pueblo alguno que por mas largo tiempo haya sido relegado a un lamentable y si se quiere culpable olvido.
Su bellisima situación a las márgenes del hermoso y pintoresco Rahue; su hermosa localidad; la abundancia de ricas maderas; la excelencia de sus terrenos; su inmediación al Trumac (sic, debe ser Trumao), rio navegable y que le abre una fácil via de exportación e importación; y sus criaderos de inmejorable ganado, están demarcándole un porvenir de ventura, para el caso en que siquiera se recuerde que existe tal pueblo y que no demanda gran cosa para surgir del estado de postración a que hoy lo tiene reducido la casi total falta de vías de comunicación, y la insuperable dificultad de esportar sus productor, por la sencilla razón de que lo que hoy se denomina caminos públicos, no son sino verdaderos calvarios de paciencia.
La emigración alemana ha dado a este pueblo toda la importancia a que podía llegar por el empeñoso e indisputable espíritu de empresa que no se puede negar al estanjero. Escelentes fábricas y talleres de todas clases abundan por do quier; pero las necesidades de la poblacion, la excesiva escasez de dinero y la total carencia de medios de exportación, embotan el empeño, la constancia y la buena voluntad en dificultades casi insuperables.
En otro tiempo debió este pueblo su rápida engrandecimiento (sic) a la abundancia y escelencio (sic) de sus terrenos auríferos, fuente inagotable de riqueza, esplotada en grande escala por sus antiguos pobladores; pero que se despoblacion, el trascurso de los años y la inmensas montañas que su vigorosa y virjen vegetación ha producido en medio de la soledad y el abandono, han hecho desaparecer casi totalmente.
Sin embargo, aun se espera, y no sin razón, que sus ricos minerales, cuya existencia es hoy desconocida, vuelvan a aparecer derramando sobre este pueblo la abundancia, la dicha y la ventura de que gozó el antiguo Osorno, y a la que es tan acreedor el que hoy le ha sucedido con el mismo nombre.
Con motivo del descubrimiento de lavaderos de oro en ele estero de las “Casitas” en Valdivia, e inducidos por vagas noticias, se hicieron en el verano pasado varias exploraciones, que aunque no produjeron un resultado feliz, en razón de la temprana entrada del invierno que no permitió practicar reconocimientos formales, dieron al menos la certeza de la existencia de oro en varios puntos, y el conocimiento de inmensos trabajos antiguos, inducidos por los cuales se puede llegar talvez a descubrir la parte de terreno virjen que no pudieron explotar los españoles.
El joven D. Jorge Martel, en unión de varios vecinos de este pueblo, estableció los preliminares de un pequeño trabajo en uno de esos puntos, denominado Millantue, no siéndole posible por el mal tiempo continuarlos a pesar de su decidida constancia; pero volviendo con mayor entusiasmo en vista de los pequeños ensayos que le fue permitido practicar, está decidido a continuarlos en la presente estación.
Entre los puntos reconocidos superficialmente, se cree que exista el afamado mineral de Ponzuelo, donde se asegura existe enterrada la fabulosa suma de algunos millones de pesos de buen oro que los beneficiadores de ese mineral no tuvieron tiempo de esportar o llevarse, siendo repentinamente apremiados por la sublevación de los indios.
La tradición y aun la historia misma habla de los minerales de Osorno con tan marcado interes, que bien merece que consigne en este escrito algunos datos importantes de una y otra. La tradición nos dice: Que Osorno era o fué un verdadero pazo de oro, un país encantado, y nos refiere a este respecto verdaderos cuentos de la “Mil y una noches”. Pero lo que hai de mas positivo es un derrotero encontrado por acaso en el archivo del convento de San Francisco de Chillan, el que dá poco mas o menos la siguiente noticia: El mineral de Ponzuelo se encuentra a 15 o 16 leguas de la ciudad de Osorno en la dirección del Sur; y en cuyo punto quedó enterrado el producto de tres años de trabajos y de seis mil operarios que trabajaban por año.
Ahora veamos lo que nos dice la historia sobre el mismo punto.
“Habiendo salido el gobernador Sr Rodrigo de Quiroga contra los araucanos (1577), pasó hasta el pueblo de Osorno, para ver por sí mismo, a mas de su rica fábrica de paños y de linos, la famosísima mina de Ponzuelo, de oro tan obrizo, que a petición de Francisco Castañeda hubo que ligarlo con seis quilates menos que el que se estraia de las demás minas, para que el comercio corriera igual, como que los numularios comenzaban a no querer sino el oro de Ponzuelo”.
Rápido hubo de ser su florecimiento, dice en otra parte refiriéndose al mismo pueblo, pues que poblado en noviembre de 1558, notamos que en 1576 Nieto de Laete, uno de sus vecinos (a los dieciocho años de su poblacion) lega, antes de morir, la enorme suma de 27.000 ps. de buen oro para los tres mil indios de su encomienda; invierte 54.000 pesos en obras pias y todavía le deja un inmenso caudal a su hijo Francisco, etc.
Tenemos, pues, si hemos de creer en algo a la historia, ya que el derrotero de que he hecho referencia y la tradición carecen de autoridad; primero, que Osorno, naciendo en medios de los inconvenientes y contrastes de una guerra sangrienta, llegó a su mayor auge a los dieciocho años de haber sido poblado; segundo, que siendo indispensable vivir con el caballo de la brida y lanza en mano, no pudieron establecerse trabajos formales ni tan acerdados como requiere el beneficio de las minas de lavaderos; tercero, que estos trabajos, encargados a indígenas sin práctica ni conocimiento, careciendo de útiles necesarios y otros inconvenientes, y a mas interrumpidos por la sublevacion de éstos, no pudieron esplotar todo el terreno aurífero que producía el oro, y por consiguiente aun debe quedar mucha parte de ese terreno virjen, y al cual no es difícil llegar con constancia y fé, inducido por las misma labores antiguas; y cuarto, que la existencia del mineral de Ponzuelo, oculto hoy en medio de impenetrables bosques, existe y no es difícil hallarlo; solo que para buscarlo se requiere constancia, fé y plata.
Entre dos puntos de que se tiene noticia y que existen al Sur y Sur-Oeste de este pueblo, en la misma distancia que el derrotero demarca el mineral de Ponzuelo, se imajina se encuentre este afamado pozo de oro, atraído por el cual me he quedado en este punto, donde he pasado un invierto penoso, amargo y triste en demasia; pero que habiendo llegado el buen tiempo, saldé en pocos días mas tras la incierta esperanza que me ha detenido por aquí.
Concluiré este escrito convidando a todo el que quiera venir por estos mundos a probar fortuna, con el bien entendido que si no trae plata para trabajar, no hará mas que perder el viaje, su tiempo y saborear las crueles amarguras que yo he apurado y apuntaré todavía; pero debo advertir también, que cualquiera que traiga de quinientos pesos para arriba, le garantizo buen provecho en cualquier punto de los que he recorrido, puntos ya beneficiados, pero que siempre darán utilidad al que emprenda trabajos con un pequeño capital. Lo repito: un pequeño capital, constancia y fé, es todo lo que se necesita para sacar provecho positivo de las minas de la provincia de Valdivia.
FUENTE:
Artículo publicado en El Mercurio, Valparaíso, N° 10.255, 29 de octubre de 1861. El trabajo se reproduce textualmente y se mantiene la ortografía de la época.